Articulo

31/8 Día internacional de la solidaridad: Solidiridad, vejez y envejecimiento

SOLIDARIDAD, ENVEJECIMIENTO, VEJEZ
Podemos aceptar –al menos con un criterio estadístico– que los años cronológicos de una persona permiten segregar grupos: los mayores de sesenta, los mayores de setenta, etc. Bien
sabemos que estas divisiones son artefactos y que los años cronológicos no necesariamente
reflejan las realidades biográficas. Hay personas que ya son maduras y han hecho una vida creativa a los veinte y personas que a los ochenta nunca fueron miembros útiles para su comunidad.
Sin dejarnos deslumbrar por la metáfora de las “etapas” o “edades” (a veces ampliada a las “tareas” y las “obligaciones” de cada una), algún factor diferenciador práctico introduce la edad.
Este factor no es simple y debe tomarse solamente como orientación porque, como indicamos
reiteradamente, no hay edad de la vida en que las diferencias entre las personas sean más
marcadase inutilicen tanto el criterio grupal como la vejez.
Recuérdese lo que escribe Jonathan Swift sobre aquel país que visita Gulliver donde la gente no muere, solo envejece: los buenos se hacen mejores, los malos, peores. Tómese en consideración que incluso instrumentos psicométricos diseñados para medir rasgos estables de personalidad son sensibles al cambio etario.


SOLIDARIDAD INTERGENERACIONAL, MECÁNICA?
• Para los fines de formular políticas públicas, podemos aceptar la noción de que los ancianos
y ancianas (mayores de cualquier edad que autorice a hablar de “tercera” o “cuarta” edad) son un grupo. Un grupo que, social y económicamente, aparece como vulnerable y discriminado.
• ¿Se aplicaría aquí la solidaridad mecánica o la solidaridad orgánica según Durkheim? La primera
deriva de pertenecer “naturalmente” a familia, clase, oficio. La segunda, de la complementariedad del aporte de los grupos a los fines sociales.
• Confiamos que la familia, los compañeros de trabajo, los que profesan una misma fe, aplicarían una solidaridad mecánica y así subvendrían a las necesidades de apoyo y sostén de sus miembros. Pero la experiencia demuestra que, aun cuando eso ocurre en un porcentaje de casos, no es suficiente.
• Al hacer obligatoria la solidaridad mecánica mediante leyes se obtienen curiosos resultados y no siempre los más apropiados para el bienestar de los viejos. Esas leyes no pueden dictar la forma cómo debe ejercerse la solidaridad. Para algunos, puede bastar con dejar
a los viejos de la familia bajo cuidados expertos, para otros pagar por su manutención u obligar a las mujeres solteronas a cuidarles.
• La segunda aplicación del concepto, más general en sus alcances, es considerar que el grupo de
los viejos y las viejas (fuera de todo eufemismo) puede entrar en relaciones de
complementariedad (o, incluso, de reciprocidad) con otros grupos humanos. Esta solidaridad
viene prescrita, como observábamos, por la división del trabajo pero podemos
• concebirla como la división de las aportaciones socialmente valiosas que hacen los distintos
grupos y estamentos.
• Entendido así el asunto, la pregunta es: ¿en qué y cómo contribuyen los senescentes, en tanto
grupo humano, al cuerpo social? La legislación podría recoger este matiz y hacerlo consciente
para todos. Pero el aporte posible es justamente lo que está difuso. Hasta la forma de hablar lo
anula: el “sector pasivo”, se dice, no está en el proceso productivo directamente.
• La seguridad social debe hacerse cargo de él, recurriendo al Estado o al mercado. El cambio
histórico
• operado en las concepciones sobre el bienestar social es lo que hace difícil prescribir una
solidaridad orgánica.
• Antes, los viejos eran los depositarios de los valiosos bienes de la memoria colectiva;
reemplazaban a los libros y evitaban experimentaciones inútiles a los jóvenes. El ciudadano
corriente de hoy no recurre a los viejos de su entorno para saber algo (para eso tiene Google),
solamente para extrañarse de cómo vivía esa pobre gente antes de que existieran los teléfonos
celulares o los computadores y todavía se usaban los sellos postales para transmitir mensajes.


SOLIDARIDAD INTERGENERACIONAL, ORGÁNICA?
• Pareciera que ambos aspectos de la solidaridad, aplicados al grupo etario “tercera edad”,
encuentran dificultades para su aplicación general. Pareciera que distinguir como grupo a los
viejos y viejas (de nuevo, eufemismos) no es buena estrategia.
• Se llega a imponer la solidaridad. Y las virtudes, como los principios morales no se pueden forzar.
Nadie puede ser forzado a ser bueno o a hacer el bien. Pero sí puede ser obligado a respetar a los
demás y a no dañarlos. Esta ética de mínimos puede aplicarse en relación con la solidaridad.
• Así como todo buen egoísta es altruista y se preocupa del grupo cuando descubre que no hay un
“yo” viable sin un “nosotros” sólido, la solidaridad para los que envejecen podría basarse en que
al fin de cuentas comparten nuestro común destino.
• Esta forma de concebir el asunto podría llevarnos a la noción de reciprocidad. Si no salvo mi
“circunstancia vital” (en la que incluyo a los ancianos) no podré salvarme yo. Esta perspectiva es
abstracta y difícilmente podría convencerse a la gente de trabajar por ancianos y ancianas que no
conoce, por más parte de su ecosistema que se le diga que son.


SOLIDARIDAD INTERGENERACIONAL
• Una vertiente digna de exploración es la solidaridad en su raigambre cristiana. No se trata,
decimos, de ejercer la caridad, que siempre implica una relación asimétrica (doy yo porque
tengo, recibes tú porque necesitas). Una solidaridad en la dignidad de ser humano es lo que
procede. Compartimos un común destino, compartimos una vocación salvífica que nos
abarca como personas y creaturas de Dios. La debilidad del argumento reside en que no
todos los miembros de una sociedad son cristianos. Incluso, los que creen en ella, descreen
que les obligue a amar al prójimo, más si este prójimo es viejo, pobre, necesitado y
demandante.

Extraído de: http://www.riicotec.org/InterPresent1/groups/imserso/documents/binario/bol2012_solidaridad.pdf

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