Articulo

¿Cómo lograr la felicidad en la tercera edad?

Primera fase: conocimiento de sí mismo
El primer camino debe ser el conocimiento de sí mismo, de lo que cada uno es, de su inteligencia y de los modos de intervención; de sus deseos, de sus emociones, y de su control, de la inteligencia emocional.
Conocimiento de la salud, ya que sin ella lo demás no sirve de nada, conocimiento del propio organismo, de la necesidad de la actividad física, del sistema de alimentación.
Una vez que se tiene una radiografía de lo que se es y de lo que se desearía ser, cada uno debe orientarse hacia una meta adaptada a su realidad, sabiendo que en el trayecto, posiblemente, uno de los primeros obstáculos será la tendencia generalizada de querer superar los problemas por comparación con otros sujetos; ahí se basan muchas expectativas de felicidad, olvidando que cada realidad es única e irrepetible.
Cada persona ha de encontrar el sentido de su vida, porque cada cual construye su propio itinerario, y le da su sentido, hasta el punto de que el ser humano está dispuesto y preparado para soportar cualquier sufrimiento, siempre y cuando pueda encontrarle un significado.
Debe uno, pues, conocerse a sí mismo, debe, luego, saber trazar su camino y, de alguna manera, saber también encontrar y manejar la brújula que marque el norte, que señale la meta. El norte, para unos, podría concretarse en la búsqueda de placer; para otros, en agenciarse el poder; para otros, en descubrir la trascendencia, y para más de uno, buscar y buscar, debatiéndose indeciso, para preguntarse siempre: ¿qué es lo que busco?
Llamaremos al destino final como uno quiera: felicidad, autorrealización, elevación, iluminación, darse cuenta, paz, éxito, cima o simplemente final. Todos sabemos que arribar es nuestro desafío. Pero ningún camino es fácil, porque podrá haber mucho de felicidad, pero también aparecerá dolor, por las personas que uno pierde, por las situaciones que se transforman, por los vínculos que cambian, por la propia vida que queda atrás, por los momentos que terminan.
En esa ruta de alegría y tristezas importa no perder el norte, y hacia éste caminar siempre; se sabe que se está en el camino correcto cuando uno se dice a sí mismo que valió la pena. Valió la pena dar la vida por esta o por otra causa.
Segunda fase: conocimiento descontextualizado
Después de conocerse a sí mismo, hay que salir de sí mismo e ir hacia la trascendencia. Para avanzar, el único remedio es el interés constante, la búsqueda decidida, el sentido de la curiosidad, y el de la esperanza.
Se trata de tener la curiosidad, que, unida a la admiración son el umbral del saber. La curiosidad inteligente, es decir para comprender y no sólo para conocer, y la esperanza emprendedora, son las solas virtudes que pueden ensanchar el espacio del ser humano, de ahí su valor y su interés, porque el hombre es importante por lo que es, pero, mucho más aún, por lo que puede llegar a ser, por sus proyectos, por sus metas. En esa línea, se está ante un proyecto individual y, a su vez, ante un proyecto eterno. 

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